11.12.09

¡Hola cybermundo! Como algunos ya sabéis, resucitó la Sesión de cuentos en este extraño lugar del universo.
Ya llevamos tres sesiones. La última con el tema "Mensaje en una botella". Esta es mi aportación: prosa para tiempos prosáicos. Iré colgando las demás.
Os animo a participar, por cierto, en las próximas. La primera del año 2010 tiene como tema "La ruleta rusa". Así que ya sabéis: a disparar!


MENSAJES EN UNA BOTELLA LLAMADA CABEZA

Primero, estaba esa historia cursi de un romanticismo mal entendido en la que una idiota se enamora de un chico pero por una razón o por otra se casa con otro sin declararse nunca al objeto de su verdadero amor. Arrepentida de su autotraición, escribe a escondidas de su marido un mensaje al otro en el que confiesa su amor, lo mete en una botella y la arroja al mar. Al día siguiente un chaval de 15 años bastante subnormal encuentra la botella, lee el mensaje descubriendo debajo de la incansable concatenación de cursiladas, la siguiente pregunta “¿Por ciertito, mi amor perdido, tu email sigue siendo capullito@mail.com?”. (Sí, por eso la chica es una idiota, ¿a quién se le ocurre escribir un mensaje en una botella con una pregunta directa y encima hablando de e-mails?). El caso es que el chaval de 15 años, acto seguido, escribe un e-mail al enamorado de la idiota (su nuevo i-phone le permite dar rienda suelta a esta vehemente decisión) y se lo cuenta todo haciéndose pasar por la chica. Y ahí termina la primera historia porque en este punto su cursilería empezó a darle náuseas al escritor. Se aceptan soluciones a una historia plagada de reiteraciones intertextuales.

Otro día, el escritor medio soñó con otra historia. Un hombre que tallaba en una botella “Te quiero”, con un diamante. Pero cuando despertaron, tanto el escritor como el protagonista ya se habían olvidado de los pormenores.

Otro día, en plena vigilia, se le ocurrió al escritor una historia melodramática sobre un gay. El gay trabaja en una planta embotelladora de champán. Su tendencia sexual le tiene martirizado porque su familia, muy conservadora, no sabe nada. Sus hermanos sospechan pero no tienen confianza con él. El chico gay está ya harto de la situación, así que decide decírselo todo a su familia durante la noche buena, y decide hacerlo de una forma especial. En la planta embotelladora de champán, mete una nota dentro de una de las botellas. La botella pasa por el proceso de llenado y precintado, y el chico gay la lleva a la cena con el mensaje dentro. Llega la cena y al final se abre la botella. Llenan los vasos pero el papelito con el mensaje se queda pegado en un borde y nadie repara en él. El chico gay se siente acobardado. El momento de la celebración pasa. Los ánimos ya están enfriados. Todos se van a la cama.
Años después, la madre del chico gay está a punto de morir. En el lecho de muerte le dice a su madre: “Mamá. ¿Recuerdas las navidades de hace 7 años? ¿Recuerdas una botella de champán que llevé de la fábrica?” La mamá asiente. “Sí hijo, la recuerdo”. “Bueno, dice el hijo, pues yo había metido dentro de la botella un mensaje pero se quedó pegado por dentro y me dio vergüenza sacarlo después”. “¿Y qué decía el mensaje, hijo?” El chico gay se queda bloqueado y al fin dice: “Que te quiero, mamá. Ponía «te quiero». Era para ti”. La madre entonces llora y el hijo llora y todo el mundo a quien le apetezca llora. También se admiten variaciones menos nauseabundas a esta historia.

Otro día el escritor pensó en hacerle un homenaje al hijo de su hermano, que iba a nacer pronto. Meterlo en la botella y darle la botella a su hermano para que el niño cuando fuera grande tuviera una prueba del gran amor de su tío, que vivía muy apartado de él. No lo hizo, por la misma razón que nunca se hace nada para los amados, precisamente porque la escritura es primitiva y estúpida y no se la merece nadie.

Otro día el escritor pensó en un relato titulado “EL TRICICLO-KOALA”, una historia surrealista sobre un triciclo que cuando quería se tranformaba en Koala. Un día le quiso gastar una broma a Dios, presentándose en virtud de sus tres ruedas como el vehículo oficial de la Santísima Trinidad, y justo cuando Dios iba a bostezar, se transformó en Koala, y Dios se enfadó muchísimo porque lo que más odia es que le corten un bostezo, y la impresión de ver al triciclo transformado en Koala se lo cortó. A continuación, el triciclo–koala cae en una espiral llena de ventanas. Por las ventanas se puede ver a toda la gente del mundo que alguna vez odió un regalo que le dieron y sin embargo fingió que la sopa estaba lista. Entre estas personas, hay una roquita solitaria en un desierto en el que cae un roquita cada segundo. Cada segundo es una gota de agua en torno a la cual se sientan las ranas, con sus plumas, en engranajes derretidos. Todo se derrite. Incluso la solidez se derrite. Todo cae por el embudo en la botella. El niño la mira al trasluz. Aparentemente hay agua, pero el niño sigue imaginando más y más historias.

Por último, pensó en internet como océanos compuestos de botellas con mensajes, en los que era casi imposible encontrar una gota de agua que alguien había inyectado alguna vez con una jeringuilla en su modem.

3.8.09

A VECES, NO ESCRIBO

Este poema se lo dedico a Víctor Sierra, porque hoy leí la entrevista que le hicieron en "La huella digital" y me contagió de su honestidad, de su bondad, de su belleza.

A veces, no escribo.
Porque me da miedo. No sé.
A veces, no escribo
porque me parece justo no inflamar la conciencia del lector con fantasmas,
porque mi única verdad es la misma que la de todos:
que “me voy a morir”.
Y dicho eso,
¿a qué mandar más mensajes?
Por eso, hay veces que no escribo,
porque hay veces que no corro,
hay veces que me apetece ir caminando y considerar lo que me ofrece la vida,
(porque me voy a morir, precisamente por eso)
¿Un gato? Pues un gato.
Desaparece de pronto.
Quizás haya muerto.
Puede haber llovido.
Llega del campo una brisa que huele a grano húmedo,
y entonces uno piensa en tal o cual día,
cuando un olor similar impregnó la memoria de un niño.
Ahí las cosas se ponen difíciles.
Apetece correr. Tomar un autobús. Enterrarse allí mismo.
A veces, escribir, me da miedo.
Porque me veo desaparecer,
perder la identidad entre tanta belleza,
entre tanta bondad,
entre tanta vida.
Simplemente, despedirme.
No caber.
Es demasiado para mí.
Quizás porque tengo miedo,
y miedoso nadie puede ser bello,
nadie puede ser bueno,
y no pegas ahí,
entre tanta armonía.
…Y uno no puede andar por ahí
sintiéndose vivo a cada rato:
en insoportable:
un día crees abrir otra puerta y te sorprende la tumba.
Por eso, a veces, no escribo,
porque hay cosas que no se pueden contar.
Porque lo que merecería la Pena contar
sólo se puede vivir,
porque soy un hombre con miedo,
porque soy un hombre sencillo y pienso
que no hay nada nuevo bajo el sol,
que si de la realidad descartas lo inefable
sólo te queda un verso:
me voy a morir, nos vamos a morir,
y quizás añada “caminemos despacio”
si no tengo miedo,
o quizás lo intente,
y entonces escriba,
“sin saber por qué”,
“un poco más”,
“un poco”,
“la palabra amor que se contiene en un charco”.