NO TE VAYAS SIN DEJARME TU NOMBRE
Te digo
que si no me hubiera enamorado de nueve princesas
me daría igual estar con cualquiera.
No quiero
agarrarme a la luz de la bombilla
porque sé que es frágil, que quema, que cede,
que me caería sin ella además
al abismo más oscuro
con las manos cortadas por mil cristales finos
configurando en mis palmas
−con sangre verde anaranjada−
símbolos del futuro
que, además, no entiendo.
Te digo que sí; que me he enamorado de ti
porque vi a las demás en tu cara.
Y no es un drama, princesa:
esto es amor: créeme.
La bombilla ilumina la sala
y yo puedo mirarte a los ojos,
y puedo decirte: “me he enamorado de ti;
no te besaré nunca”
Entonces, me pides la luz,
que es lo único que no puedo darte.
(Yo que renuncié al Sol
ya cansado de lanzarle en delirio
las flechas y botellas vacías…
y además es de noche…
¡déjame la bombilla!)
“No puedo dártela”, te digo, “a ella no”
Tú refunfuñas entonces “por qué?”.
Y yo −“porque quiero verte”−, te digo.
Te pones triste y hermosa y me dices:
“dame al menos un beso”.
Y yo te digo que no.
Y entonces te enfadas y dices:
“no soy igual que las otras”.
Y yo te digo que sí,
que eres como las demás:
que eres todas,
que tu cara son sus caras,
que ocupas de todas su espacio,
que eres y son
el instante y la luz,
y que, justo por eso,
nunca os osé besar el cristal
de tus labios
de sus bocas,
y por último,
que no te vayas,
que no me condenes a oscuras,
que
no te vayas
sin dejarme tu nombre
en la luz.
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